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Asertividad: qué es y cómo enseñarla en el colegio

Para muchos padres y docentes, ser asertivo significa, básicamente, no dejarse y hablar con firmeza frente a cualquiera. Es la versión de la palabra que circula en frases sueltas como «sé más asertivo con tus compañeros» o «esta vez ponte asertivo con esa profesora», dirigidas casi siempre a un estudiante que se calla cuando algo le molesta. La idea de fondo es que la asertividad es una especie de carácter fuerte, algo que unos traen de fábrica y otros no, y que se arregla pidiéndole al tímido que se suelte un poco más.

Ese malentendido viene en parte de cómo se usa la palabra en el habla cotidiana, donde asertivo terminó funcionando casi como sinónimo de directo, a veces incluso de cortante. Alguien manda un mensaje «de forma asertiva» cuando en realidad es un mensaje seco que no deja espacio para que el otro responda. Bajo esa lectura, entrenar la asertividad se confunde con entrenar el carácter. En realidad es una habilidad comunicativa concreta, con pasos que se pueden enseñar y practicar, igual que se enseña a estructurar un párrafo o a resolver una ecuación. Un estudiante tímido puede volverse asertivo con práctica. Uno que grita para imponerse casi nunca lo es, aunque lo parezca desde afuera.

Qué es la asertividad

La asertividad es la capacidad de decir lo que se piensa o se necesita, de forma clara y respetuosa, sin agredir al otro y sin dejarse pasar por encima. Un niño o un adolescente asertivo puede decir que no le gustó un chiste o pedir que le devuelvan algo prestado, sin que eso implique gritar e insultar, ni tampoco tragarse la molestia hasta que se acumule. Cuando se habla puntualmente del acto de decirlo, más que del rasgo general, muchos usan el término comunicación asertiva, que nombra lo mismo aplicado a un mensaje concreto.

Es, ante todo, una habilidad social que se aprende. Entra dentro del grupo más amplio de las habilidades sociales que un colegio puede trabajar de forma deliberada, junto con la escucha activa, la negociación, la lectura de las señales del otro y el manejo de la frustración. Este artículo sobre la importancia de las habilidades interpersonales amplía ese marco general, si lo que buscas es el panorama completo de por qué esas habilidades pesan tanto en el desarrollo de un estudiante.

Los tres estilos: pasivo, agresivo y asertivo

Sirve pensar la comunicación entre estudiantes como un espectro con tres puntos de referencia. En el estilo pasivo, el estudiante calla lo que piensa o necesita para evitar el conflicto. Cede espacio y se disculpa por cosas que no tenía que disculpar, y con el tiempo acumula una frustración que sale de forma indirecta, como aislarse del grupo o quejarse con otros compañeros en lugar de hablar directamente con quien le molestó.

En el estilo agresivo, el estudiante consigue lo que quiere pero pasando por encima del otro, así sea gritando, humillando, amenazando o ridiculizando. A corto plazo funciona, porque el grupo cede o se calla, pero construye relaciones basadas en el miedo y suele quedarse sin amigos cercanos, solo con gente que le teme.

El estilo asertivo sostiene la posición propia y el respeto por el otro al mismo tiempo. El estudiante asertivo dice que algo no le pareció bien o pone un límite cuando lo necesita, sin subir el tono ni disculparse por existir. Ese punto medio no es fijo ni se alcanza una sola vez, porque un mismo estudiante puede ser asertivo con un amigo cercano y volverse pasivo frente a un grupo que le impone algo, según el contexto y la confianza que tenga en ese momento.

Por qué a los adolescentes les cuesta tanto

La adolescencia complica particularmente la asertividad porque coincide con el momento en que más pesa la mirada del grupo. Decir que no o sostener una opinión distinta implica un riesgo real de quedar por fuera, justo cuando pertenecer a un grupo importa más que en cualquier otra etapa. Para muchos adolescentes, quedarse callado frente al grupo funciona como una estrategia razonable frente al costo social que perciben si hablan, más que como una debilidad.

A eso se suma que buena parte de los adultos modela justo lo contrario de lo que pide. Un profesor que grita para poner orden está enseñando, sin decirlo, que la agresividad funciona. Un padre que evita cualquier tensión en casa está enseñando que callar es la opción segura. Los adolescentes copian el estilo que ven funcionar cerca de ellos, no el que se les explica en una charla puntual. Por eso la asertividad se instala con oportunidades repetidas de practicarla en situaciones reales, más que con un discurso aislado. Eso conecta directamente con cómo se construyen las relaciones interpersonales dentro del colegio, porque la calidad de esos vínculos depende en buena parte de si los estudiantes saben comunicarse sin atropellar ni dejarse atropellar.

Los mensajes yo: cómo se ven en el aula

La herramienta más concreta para enseñar asertividad es lo que se conoce como mensajes yo, una forma de hablar en la que, en lugar de acusar al otro directamente, el estudiante nombra primero lo que le pasa a él. La diferencia entre «eres un grosero» y «cuando me interrumpes mientras hablo, siento que no me tienen en cuenta» no es cosmética. La primera frase ataca a la persona y casi siempre provoca defensa o contraataque. La segunda describe un efecto concreto y deja abierta la puerta a que el otro reaccione distinto.

En el aula, esto se practica con guiones simples que un docente puede modelar en situaciones cotidianas, como un compañero que se burla de la letra de otro o una broma que ya se repitió después de que alguien pidió que parara. El adulto no resuelve el conflicto por el estudiante, pero le da las palabras: «cuando pasó X, sentí Y, y lo que necesito es Z». Con la práctica, esa estructura deja de sonar forzada y empieza a aparecer de forma espontánea en el recreo, que es donde se pone a prueba si el aprendizaje sirvió para algo.

Cómo se enseña la asertividad por etapas

En primaria, el trabajo empieza por poner nombre a lo que se siente y por practicar frases simples, como decir que no le gustó algo, pedir el turno, expresar que un comentario le dolió y pedir ayuda cuando algo no le queda claro, siempre con acompañamiento cercano del adulto que corrige en el momento. En básica secundaria, cuando entra con fuerza la presión del grupo, el trabajo se traslada a situaciones más complejas, como decir que no a un plan sin quedar excluido y sostener una opinión distinta a la del grupo aunque incomode. En la media, con estudiantes que empiezan a manejar relaciones de pareja y las primeras decisiones sobre consumo o salidas, la asertividad se conecta con la capacidad de negociar y de sostener acuerdos incluso bajo presión directa de los pares.

Ese trabajo por etapas es lo que un programa estructurado puede sostener en el tiempo, distinto de lo que logra una charla puntual, porque la asertividad, como cualquier habilidad, se pierde si no se practica. Es también terreno compartido con la convivencia escolar en general, porque un colegio donde los estudiantes saben comunicarse con firmeza y respeto tiene, de entrada, menos conflictos que resolver desde el comité.

Qué hacer cuando el grupo presiona

Uno de los momentos donde más se pone a prueba la asertividad es cuando el grupo empuja hacia algo que el estudiante no quiere, como entrar a una pelea o dejar de hablarle a alguien que ya no le cae bien al resto. Decir que no en ese momento cuesta mucho más que decirlo en una conversación uno a uno, porque el costo social es inmediato y visible frente a todos.

Ahí sirve preparar respuestas de antemano, casi como un guion que el estudiante ya tiene ensayado y no tiene que improvisar bajo presión: una frase corta que sostiene el límite sin necesidad de justificarse extensamente. También ayuda dar alternativas concretas, como cambiar de tema o alejarse físicamente del grupo por un momento. Buscar a un adulto cercano es otra opción, sobre todo cuando la presión se sostiene en el tiempo y no se resuelve sola. Si quieres profundizar en cómo se ve esto en la práctica y cómo acompañar a un adolescente que está atravesando presión de su grupo, tenemos un artículo dedicado a la presión social en adolescentes que desarrolla el problema con más detalle. Cuando esa presión ya no es puntual sino que se vuelve exclusión sostenida o un patrón de humillación, deja de ser solo un tema de asertividad individual y pasa a ser un caso que corresponde trabajar como conflicto que necesita mediación, no algo que un estudiante deba resolver solo con las herramientas que traiga de casa.

Un caso en un colegio

Un estudiante de octavo le prestaba plata a un mismo compañero casi todas las semanas y, además, le resolvía las tareas cuando se las pedía. No mediaban amenazas ni humillación pública. El compañero pedía con toda naturalidad y él accedía, aunque por dentro no quisiera y terminara sin plata para el descanso o sin tiempo para sus propias tareas. La orientadora llegó al caso porque el estudiante mismo pidió hablar con ella, avergonzado, después de que su papá le preguntó por qué llevaba dos semanas sin plata para el bus.

La orientadora decidió no tratarlo como un problema de plata perdida ni como una pelea entre amigos, porque no había nada que sancionar. El estudiante no había sido obligado a nada, y el compañero tampoco había amenazado con nada si se negaba. Lo trabajó como una dificultad para poner límites. Primero, en conversaciones individuales, construyó con el estudiante frases concretas para las situaciones que más se repetían, como «esta semana no tengo plata de más» o «te explico el ejercicio, pero la tarea la haces tú». También habló con él sobre la vergüenza que sentía al decir que no, y sobre la diferencia entre quedar mal un rato con un amigo y perder la amistad por poner un límite razonable.

El cambio no fue total. El estudiante logró decir que no varias veces, sobre todo con la plata, pero seguía cediendo con las tareas cuando el compañero insistía dos o tres veces seguidas. La orientadora tuvo que seguir revisando con él, cada cierto tiempo, cómo le estaba yendo. Mejoró, sin que se pueda decir que el problema quedó resuelto de raíz. La asertividad le dio herramientas para nombrar lo que sentía y poner límites en varias situaciones, pero no lo volvió inmune a ceder cuando la presión directa era suficientemente insistente.

Cómo acompaña esto el Colectivo Aquí y Ahora

Enseñar asertividad de manera sostenida, con sesiones que avanzan por grado y no se agotan en una charla de una hora, es lo que trabaja SOMOS, el programa del Colectivo Aquí y Ahora para convivencia y buen trato, que acompaña a los estudiantes año tras año en habilidades comunicativas como los mensajes yo y la escucha activa.

Si tu colegio todavía no puede asumir un programa anual completo, también está la opción de una acción preventiva puntual, como un taller sobre comunicación asertiva dirigido a un grado específico o a los docentes que necesitan herramientas para modelarla en el aula. Y si quieres conocer el resto de la oferta del Colectivo Aquí y Ahora antes de decidir qué encaja mejor con tu colegio, puedes revisar el catálogo completo de programas preventivos.

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