Un profesor de ciencias sociales revisa los trabajos de grado noveno sobre «los grados del alcoholismo». La mayoría son copias casi idénticas de la misma página web, con las cuatro fases pegadas y coloreadas. Pero uno de los trabajos tiene algo distinto: al lado de la fase que describe «beber para aliviar la tensión», la estudiante escribió, sin que pareciera parte de la tarea, «como mi papá los sábados». El profesor guarda esa hoja aparte y, al final de la clase, la busca a ella para hablar cinco minutos.
Eso pasa más seguido de lo que se piensa. Quien teclea «grados de alcoholismo» en Google casi siempre está resolviendo una tarea de biología, psicología o proyecto de vida. Pero detrás de esa tarea, a veces, hay una pregunta que el adolescente no sabe cómo hacer directamente. Y hay un adulto, como ese profesor, que tiene que decidir qué hacer con lo que acaba de leer.
Qué son los grados de alcoholismo
Los grados o fases del alcoholismo son una forma de describir cómo avanza la relación de una persona con el alcohol, desde el consumo ocasional hasta la dependencia. La clasificación más citada agrupa el proceso en cuatro momentos. Una fase inicial, donde el consumo es social y ligado a eventos puntuales. Una fase de alerta, en la que la persona empieza a beber para calmar tensión y necesita más cantidad para sentir el mismo efecto. Una fase crítica, marcada por la pérdida de control sobre cuánto y cuándo se bebe. Y una fase avanzada o crónica, con dependencia física y deterioro visible en la salud, el trabajo o la vida familiar.
Esta clasificación, que también se busca como «tipos de alcoholismo», se pensó para describir un proceso adulto, construido durante años de consumo. Es útil para entender la lógica general del problema. Es poco útil para mirar a un estudiante de trece o dieciséis años y decidir si algo anda mal.
Por qué esas fases no aplican igual a un adolescente
Un adolescente no lleva veinte años bebiendo los sábados. No tiene un hígado que muestre el desgaste de una fase crónica. Si un docente o un padre espera ver las señales «de manual» antes de preocuparse, va a esperar demasiado, porque esas señales están descritas para una biografía adulta que un chico de bachillerato todavía no tiene.
Lo que sí existe en la adolescencia es un patrón distinto: el consumo empieza más temprano, se concentra en los fines de semana y en grupo, y depende mucho de cuánto acceso tiene el chico al alcohol en su casa o en las salidas. La pregunta útil no es en qué fase va, sino si ese consumo se repite cada vez más seguido y si el chico empieza a necesitarlo para sentirse bien un fin de semana cualquiera. Esa mirada sirve incluso sin ningún diagnóstico de por medio.
Alcoholismo causas: qué lo dispara en la adolescencia
Detrás de «alcoholismo causas» suele haber una idea equivocada, la de que existe una sola razón. En realidad se juntan varias. El acceso fácil en casa o en fiestas donde nadie controla qué se sirve. La presión del grupo, que en la adolescencia pesa más que casi cualquier otro factor. La imitación de un adulto cercano que bebe para manejar el estrés, sin que nadie lo nombre así en la casa. Y, con frecuencia, un malestar de fondo (ansiedad, soledad, una autoestima golpeada) que el alcohol alivia por un rato y termina agravando.
Ninguna de esas causas, por separado, define el problema. Se juntan de maneras distintas en cada estudiante, y por eso dos adolescentes que beben lo mismo un sábado pueden estar en situaciones muy diferentes.
Señales que sí importan en el colegio
Hay señales que un docente o un orientador pueden observar sin necesidad de clasificar nada. Ausencias o llegadas tarde los lunes. Cambios de rendimiento que no se explican por otra causa. Un grupo de amigos que cambia de golpe hacia personas mayores. Comentarios, en conversaciones o en trabajos escritos, que mencionan el alcohol como algo cotidiano en casa. Ninguna señal aislada confirma nada, pero varias juntas, sostenidas en el tiempo, sí justifican una conversación.
Esa conversación no tiene que sonar a interrogatorio. Preguntar cómo le fue el fin de semana, sin apuro, suele abrir más que preguntar directamente si bebe.
Un caso de aula
En un colegio colombiano, la orientadora empezó a notar que un estudiante de noveno llegaba los lunes con sueño excesivo y, un par de veces, con aliento a alcohol apenas disimulado. Habló con él primero, sin acusación, y después citó a la familia. Salió a la luz que los fines de semana el estudiante salía con primos mayores de edad, y que en esas reuniones el alcohol circulaba sin que ningún adulto lo regulara.
El colegio armó un plan sencillo: la orientadora hizo seguimiento cercano con el estudiante durante el semestre, la familia se comprometió a acompañar más de cerca esas salidas, y se incluyó al curso en una jornada preventiva sobre consumo. El estudiante dejó de llegar con signos de resaca los lunes y su asistencia mejoró. Pero las salidas con los primos siguieron, solo que ahora bebiendo menos delante de los adultos que sí preguntaban. La orientadora lo sabe porque el chico se lo contó, casi como una confesión a medias. El seguimiento sigue abierto, y la familia no ha resuelto del todo cómo poner límites en esas reuniones.
Qué puede hacer el colegio
Un colegio no diagnostica ni trata el consumo de alcohol de un estudiante. Puede hacer algo distinto y más al alcance de la mano, formar a docentes y orientadores para detectar señales tempranas, abrir espacios donde los estudiantes hablen del tema sin sentirse juzgados, y trabajar con las familias antes de que el consumo se instale como costumbre. Ese trabajo es el de la prevención, y es distinto de una respuesta clínica.
Colegios con estudiantes de quinto a noveno pueden apoyarse en Consentidos, el programa del Colectivo Aquí y Ahora orientado a esas edades. Para décimo y once existe Sin Trabas, pensado para el momento en que la presión social y el acceso al alcohol aumentan. Y si la institución todavía no está lista para un programa anual completo, una acción preventiva puntual, un taller o una charla con estudiantes o familias, es un primer paso razonable.
Para entender el consumo de alcohol en la adolescencia con más profundidad, incluyendo señales por edad y cómo hablar del tema sin romper el vínculo, la guía de consumo de alcohol en adolescentes desarrolla ese terreno. Si lo que se busca es una mirada institucional, sobre cómo montar un programa de prevención que los estudiantes de verdad escuchen, esa ruta está en prevención del consumo de alcohol en colegios. Y para ubicar el alcohol dentro del panorama más amplio de sustancias que circulan en la adolescencia, conviene revisar qué son las sustancias psicoactivas. Y si quieres ver de un vistazo lo que ofrece el Colectivo Aquí y Ahora en prevención escolar, el catálogo de programas reúne las opciones por edad y necesidad.

