En casi cualquier grupo de WhatsApp de padres de curso, tarde o temprano alguien escribe la palabra matoneo. A veces la usa con razón. Muchas veces no. Un chiste pesado, una pelea de un día, un grupo que no invitó a alguien a un cumpleaños: todo termina bajo la misma etiqueta, y el resultado es doble. Los casos reales se pierden en el ruido de los que no lo son, y los conflictos normales de la infancia empiezan a tratarse como si fueran una emergencia.
Si coordinas convivencia, orientas un colegio o eres el papá o la mamá que recibe ese mensaje a las nueve de la noche, te toca separar una cosa de la otra sin quedar como quien minimiza el dolor de un estudiante ni como quien activa una alarma cada vez que dos niños de sexto se pelean por un balón. Esa es la parte difícil, y es la que este artículo intenta resolver.
Qué es el matoneo
Matoneo es la palabra que usamos en Colombia para lo que en inglés se llama bullying y que Wikipedia y los medios suelen escribir como acoso escolar, sin que cambie de fondo ni de gravedad por cambiar de nombre. Así habla la gente en los pasillos, en las reuniones de padres y en los chats del curso, aunque el marco legal colombiano lo nombre con otras palabras.
Lo que sí importa es qué describe: una forma de violencia entre estudiantes que se sostiene en el tiempo, que tiene intención de hacer daño y que ocurre entre alguien con más poder social (por edad, por popularidad, por número) y alguien con menos capacidad de defenderse. Ahí está la línea que separa el matoneo escolar de un problema entre compañeros que se resuelve solo.
Hay otro malentendido, más silencioso, que también conviene nombrar: pensar que el matoneo solo cuenta cuando hay golpes de por medio. Buena parte de los casos reales son de exclusión sostenida, apodos que se repiten hasta que dejan de sonar a chiste, o burlas que migran del salón de clase a los chats del curso. No dejan marca visible, y por eso a muchos adultos les toma más tiempo reconocerlos como lo que son.
En qué se diferencia de un conflicto normal
Este es el malentendido que más complica el trabajo del adulto: creer que cualquier fricción entre estudiantes ya es matoneo, o al contrario, que como los niños siempre se pelean, no hay que intervenir. Ninguna de las dos lecturas ayuda. Lo que distingue un caso real son cuatro señales que conviene revisar juntas, no por separado:
- Intención. Hay un propósito de hacer daño, no un malentendido ni un exceso puntual.
- Repetición. No pasó una vez. Lleva semanas o meses, con el mismo patrón.
- Desequilibrio de poder. Quien agrede tiene ventaja real (social, física, de grupo) sobre quien recibe el daño.
- Dificultad para defenderse. El estudiante afectado no cuenta con los recursos ni el respaldo para pararlo solo.
Una pelea aislada entre dos estudiantes que se disputan un lugar en el equipo no cumple esos cuatro puntos, y tratarla como matoneo suele empeorarla. Un chiste que se repite cada semana sobre el mismo estudiante, sostenido por un grupo que decide quién entra y quién no, sí los cumple, aunque nadie haya levantado la voz.
Señales que sí ameritan activar la ruta
No hace falta esperar a que el caso sea evidente para todo el colegio. Algunas señales que valen una conversación temprana con el estudiante:
Cambios bruscos en cómo llega del colegio a la casa. Evitar ciertos espacios, horarios o rutas dentro de la institución. Bajar el rendimiento sin otra explicación clara. Comer solo cuando antes comía acompañado. Perder objetos o llegar con útiles dañados sin dar razones consistentes. Pedir con insistencia no ir a actividades donde antes participaba sin problema.
Ninguna señal por sí sola confirma un caso. Juntas, y sostenidas en el tiempo, sí justifican mirar más de cerca. La guía completa sobre bullying, acoso escolar y matoneo desarrolla las señales por rol (víctima, agresor, testigo) y los tipos de acoso más comunes en los colegios colombianos.
Qué exige la ley colombiana a tu colegio
Cuando un caso cumple los cuatro criterios de arriba, actuar deja de ser una decisión pedagógica del profesor de turno y se convierte en una obligación legal. La Ley 1620 de 2013 obliga a todo colegio colombiano a tener un comité de convivencia escolar y a activar una ruta de atención integral apenas se identifica un caso, con pasos definidos de identificación, atención, seguimiento y, si hace falta, remisión a otras entidades. Documentar hace parte de esa obligación, igual que actuar antes de que el caso escale.
Entramos en el detalle completo en la guía sobre qué exige la Ley 1620 a tu colegio y en la ruta de atención integral paso a paso. Una precisión que suele sorprender a los colegios es que la ruta aplica aunque el caso haya empezado fuera del salón, en un chat de curso o en una red social, siempre que el efecto se sienta dentro de la vida escolar del estudiante.
Lo que conviene tener claro aquí es que el matoneo no se resuelve solo con una sanción puntual el día que estalla. Se previene construyendo, mes a mes, una convivencia escolar donde sea más difícil que un grupo llegue a concentrar tanto poder sobre un compañero.
Un caso: cuando un papá escribió una sola palabra
En un colegio colombiano, una estudiante de séptimo dejó de contar en la casa cómo le había ido con sus compañeras. Su papá lo atribuyó a la edad, hasta que revisó el chat del curso y encontró lo mismo que ya circulaba entre las otras familias, memes hechos con la foto de su hija y un chiste repetido semana tras semana. Le escribió a la coordinación sin rodeos y usó la palabra matoneo.
La coordinadora dudó al principio. Había visto grupos de niñas pelearse y reconciliarse en la misma semana, y no quería activar todo el protocolo por algo que podía resolverse solo. Pero cuando reunió la información (cuánto tiempo llevaba, si siempre era la misma estudiante, si había un grupo con poder real sobre quién entraba a los planes del curso), la respuesta fue clara: llevaba mes y medio, siempre la misma niña, y el grupo que sostenía el chiste decidía quién quedaba adentro y quién afuera.
Activó la ruta: reunión del comité, entrevistas por separado con las estudiantes implicadas, plan de seguimiento acordado con las familias. Los memes y las burlas directas pararon esa misma semana. Lo que no se resolvió tan rápido fue lo otro: el grupo que la había excluido no volvió a incluirla, aunque ya no se burlara de ella, y la estudiante siguió comiendo sola la mayoría de los días. Dos meses después, la coordinadora seguía haciendo seguimiento, y el papá seguía sin estar del todo tranquilo, aunque reconocía que lo peor ya había parado.
La coordinadora aprendió algo de ese caso que ahora aplica antes de que llegue una queja formal: revisar cada trimestre quién come solo, quién queda por fuera de los grupos de trabajo y quién deja de levantar la mano en clase. No siempre es matoneo. Pero cuando lo es, aparece ahí antes que en cualquier reporte oficial.
Qué puedes hacer desde tu colegio
Reaccionar bien cuando llega un caso es necesario, pero no basta. Lo que de verdad reduce el matoneo es la cultura que se construye antes de que aparezca: estudiantes que saben nombrar lo que ven y adultos que intervienen a tiempo, en grupos donde ya es más difícil que un compañero concentre tanto poder sobre otro.
Eso es lo que trabaja SOMOS, el programa de convivencia y buen trato del Colectivo Aquí y Ahora, con sesiones que acompañan a los estudiantes año tras año en comunicación y autorregulación emocional. Conoce el programa SOMOS.
Si tu colegio todavía no está listo para un programa del año completo, una charla o taller de acción preventiva sobre convivencia y matoneo es un primer paso real, sin la fricción de un compromiso anual. Y si quieres conocer todo lo que ofrece el Colectivo Aquí y Ahora en prevención escolar, el catálogo completo de programas preventivos está para que lo explores con calma.

