Para entender qué es el vape conviene empezar por lo básico: es un dispositivo que calienta un líquido, casi siempre con nicotina, hasta convertirlo en vapor para inhalarlo sin quemar nada. No hay combustión ni humo de tabaco, y por eso circula la idea de que es una alternativa segura o incluso «solo saborizante». No lo es. Lo que respira un adolescente al vapear depende del dispositivo y del líquido que use, pero en la gran mayoría de los casos hay nicotina de por medio, y a veces en concentraciones más altas que las de un cigarrillo tradicional.
Eso es lo primero que necesita saber un padre, un docente o un orientador antes de tener la conversación: entender el objeto real, no la versión que circula en redes o en los pasillos del colegio.
Qué es el vape y qué contiene realmente
Un vape típico tiene tres componentes básicos: un líquido base (propilenglicol o glicerina vegetal), saborizantes, y en la mayoría de los casos, nicotina. La nicotina puede venir en forma líquida convencional o como «sales de nicotina», una versión que se absorbe más rápido y permite concentraciones más altas sin que el vapeo resulte tan irritante en la garganta. Eso hace que un adolescente pueda consumir más nicotina de la que cree, más rápido de lo que cree.
También existen vapes sin nicotina, comercializados como opción «libre de químicos» o «solo sabor». El problema es que el mercado no está bien regulado y el contenido real de un líquido no siempre coincide con lo que dice la etiqueta. Y hay una tercera categoría, menos hablada en los colegios pero presente: dispositivos cargados con THC u otras sustancias, que circulan como si fueran vapes comunes.
Qué son las sustancias psicoactivas explica con más detalle cómo se clasifican estas sustancias y por qué conversar de ellas sin alarmismo funciona mejor que la prohibición sin explicación.
Los tipos de vape que vas a encontrar
En un colegio colombiano lo más común son los desechables: dispositivos pequeños, de colores llamativos, con sabores como mango, sandía o menta helada, diseñados para durar unos cientos de «puffs» y botarse después. Su tamaño y su diseño hacen que sean fáciles de esconder en un estuche o un bolsillo.
Después están los recargables, más parecidos a un cigarrillo electrónico clásico, con un cartucho que se rellena. Suelen usarlos estudiantes que ya vapean con más frecuencia, porque salen más económicos a largo plazo. Y existe una tercera línea, la de dispositivos modificados o de mayor potencia, que casi siempre aparece en el último año de bachillerato.
Ninguna de estas categorías es «la segura». La diferencia entre ellas es de frecuencia de uso y de cuánta nicotina entrega cada sesión, no de riesgo cero.
Lo que muestra la evidencia, sin exagerar
La evidencia disponible sobre el vapeo en adolescentes no apunta a un peligro inmediato de muerte como el que rodea otras sustancias, y exagerar eso no ayuda: los estudiantes lo notan y dejan de confiar en lo que el adulto les dice. Lo que sí muestra la evidencia es más sutil y, para un cerebro adolescente, igual de relevante.
El cerebro sigue en desarrollo hasta bien entrada la juventud, y la nicotina en esa etapa afecta la atención, el control de impulsos y la forma en que se construyen otras dependencias más adelante. También hay preocupación por los efectos respiratorios del vapeo continuo, todavía en estudio porque el producto es relativamente nuevo.
Lo que sí es consistente en la literatura es que muchos adolescentes empiezan a vapear pensando que es «solo sabor» y terminan con una dependencia a la nicotina que no vieron venir. Esa brecha entre la percepción y el contenido real del producto es, probablemente, el riesgo más subestimado de todos.
Otro punto que suele sorprender a las familias: dejar de vapear no es tan sencillo como dejar el hábito de una vez. La dependencia a la nicotina genera síntomas de abstinencia (irritabilidad, ansiedad, dificultad para concentrarse) que un adolescente rara vez asocia con el vape, porque nadie se lo explicó así. Por eso la conversación que funciona no es «deja de hacerlo» sino entender qué tan enganchado está y desde ahí decidir el siguiente paso.
Por qué los colegios colombianos están poniendo atención
En los últimos años, coordinadores de convivencia y orientadores empezaron a encontrar vapes en baños, en lockers y hasta dentro de estuches de colores durante clase. Lo que antes era un caso aislado de cigarrillo escondido detrás del colegio ahora es un dispositivo pequeño, sin olor fuerte, fácil de usar en el salón sin que el profesor lo note de inmediato.
A eso se suma un marco legal que ya trata el vape como lo que es: un producto con nicotina sujeto a las mismas restricciones que el tabaco. Qué exige la ley 2460 en prevención de adicciones detalla qué le pide la norma a un colegio, y por qué no basta con un reglamento de convivencia que lo prohíba sin explicar nada más.
Los colegios que ya trabajaron el tema reportan algo parecido: el problema rara vez es un estudiante aislado. Suele ser un grupo, un patrón de intercambio de dispositivos, y una cultura de «todos lo hacen» que se instala rápido si nadie la nombra a tiempo.
Un caso de aula
La coordinadora de convivencia de noveno grado encontró tres vapes desechables en una requisa de rutina, todos con el mismo sabor y comprados por el mismo estudiante para revender entre compañeros. En vez de suspender de una vez, citó primero a orientación escolar, luego a las familias de los tres estudiantes involucrados por separado, y organizó un taller sobre sustancias psicoactivas para el curso completo, con espacio para preguntas sin juicio.
El estudiante que revendía dejó de hacerlo, al menos dentro del colegio. Pero en el seguimiento del semestre, orientación detectó que dos de sus compañeros seguían vapeando fuera del plantel, y una de las familias no logró sostener la conversación en casa más de una vez. El colegio decidió mantener el tema activo en el plan de convivencia del año siguiente, en vez de darlo por resuelto. El caso sigue abierto, y eso, según la coordinadora, es más honesto que declarar una victoria que todavía no existe.
Qué hacer si tu hijo o tu estudiante vapea
Lo primero es resistir el impulso de reaccionar con un castigo automático. Un adolescente que siente que la conversación termina en sanción deja de contar la verdad, y eso cierra la puerta justo cuando más se necesita abierta.
Preguntar sin acusar ayuda más que confrontar. Algo como «he visto que tienes un vape, cuéntame cómo llegó a tus manos» abre espacio distinto a «¿por qué estás vapeando?». La segunda pregunta ya trae un juicio incorporado.
Vale la pena explicar, con datos y sin dramatizar, qué contiene realmente el dispositivo. Muchos adolescentes creen que están inhalando saborizante y nada más, y saber que hay nicotina de por medio cambia la conversación.
Y conviene entender el contexto: ¿lo probó una vez en una fiesta, o lo usa todos los días? ¿lo consiguió solo, o hay un grupo de amigos que lo comparte? La respuesta cambia si la situación pide una conversación puntual o un acompañamiento más sostenido, y en ese segundo caso, el colegio y la familia funcionan mejor coordinados que por separado.
Tampoco ayuda revisar el cuarto o el bolso como primera medida. Genera desconfianza y, casi siempre, hace que el adolescente se vuelva más cuidadoso para esconder el siguiente, no que deje de vapear. La conversación honesta, sostenida en el tiempo, funciona mejor que la vigilancia puntual.
Qué puede hacer el colegio
Un colegio que quiere abordar el vape en serio no lo resuelve con un afiche en el baño ni con una charla única de una hora. Funciona mejor un proceso que combine información honesta sobre lo que contiene el producto, espacio para que los estudiantes hablen sin miedo a la sanción, y seguimiento real de los casos detectados, no solo del primero que aparece.
Prevención del consumo de alcohol en colegios describe cómo se ve un programa de prevención de consumo bien construido en un colegio colombiano, con la misma lógica que aplica al vape: la información sin miedo funciona mejor que la prohibición sin contexto.
Qué hacer desde tu institución
Si tu colegio está en 5.º a 9.º, Consentidos trabaja específicamente el consumo de alcohol, marihuana y vape en esa franja de edad, con un enfoque que combina evidencia y acompañamiento real a las familias. Para 10.º y 11.º, donde el consumo suele ser más frecuente y los dispositivos más potentes, Sin Trabas trabaja la misma problemática con un enfoque ajustado a esa etapa.
Si tu institución todavía no está lista para un programa anual completo, una acción preventiva puntual sobre vape y sustancias psicoactivas es un punto de entrada real, sin el compromiso de un programa entero.
Conoce Consentidos para 5.º a 9.º, Sin Trabas para 10.º y 11.º, o arma una acción preventiva sobre el tema para tu colegio. Y si quieres ver todo lo que hace el Colectivo Aquí y Ahora en prevención escolar, entra al catálogo completo de programas.

