En un salón de noveno grado, dos grupos de estudiantes y sus familias llevan semanas enfrentados por los mismos puestos del bus escolar. Lo que empezó como un cruce de miradas al subir cada tarde ya escaló a insultos entre las mamás en el chat del curso, y esta vez el problema no se resuelve solo entre las dos estudiantes que están en el centro de la pelea, Valentina y Sara. La docente de matemáticas, que además dirige ese grupo, tiene que decidir qué hacer con eso, y no hay un libreto único que le diga cómo. Esa decisión, tomada un martes cualquiera y no en el manual de convivencia, es la resolución de conflictos en la práctica.
Todos los colegios tienen escenas así, varias veces por semana. Lo que distingue a un colegio de otro es qué tan preparado está el adulto que está presente cuando aparecen esos momentos.
Qué es un conflicto escolar y por qué no es lo mismo que el acoso
Si la pregunta es qué es la resolución de conflictos en términos prácticos, la respuesta cabe en una frase corta: enseñarle a un estudiante a resolver una diferencia sin que gane el que grita más fuerte ni pierda el que se queda callado. Un conflicto escolar es eso, una diferencia entre dos personas que en algún momento tienen que seguir compartiendo el mismo salón. Puede ser por un malentendido, por un espacio que se disputa, por una amistad que cambia de forma. Casi siempre las dos partes tienen algo de razón y algo que no vieron.
Eso es distinto del acoso, aunque a veces se confunden. En un conflicto, el poder entre las dos personas es más o menos parejo y el episodio es puntual: hoy están distanciadas, la semana siguiente puede resolverse. En el acoso hay una diferencia de poder que se repite en el tiempo y con intención de hacer daño, no de defender una posición. Un colegio que trata todo conflicto como si fuera acoso termina sobrerreaccionando ante cosas normales del desarrollo. Uno que trata todo acoso como si fuera un simple conflicto entre pares deja pasar algo que necesitaba otra respuesta. Más adelante en este texto está la diferencia con más detalle, porque es la pregunta que más se repite entre orientadores.
Estilos de resolución de conflictos: cómo reacciona cada estudiante
No todos los estudiantes manejan una diferencia de la misma forma, y reconocer el patrón ayuda a decidir cómo intervenir. Hay quien evita: se hace el que no pasó nada y deja que el tiempo lo resuelva, aunque casi nunca lo resuelve del todo. Hay quien impone: necesita ganar la discusión aunque eso signifique quedarse sin la relación. Hay quien cede: prefiere quedar mal con lo que siente con tal de que el otro esté tranquilo, y ese patrón, sostenido en el tiempo, también deja huella. Y hay quien negocia: busca que ambos salgan con algo, aunque ninguno obtenga lo que pedía al principio.
Ninguno de estos estilos es un defecto de personalidad que haya que corregir de raíz. Un niño que evita un conflicto puntual está bien; el problema es cuando evitar se vuelve su única herramienta. El trabajo del adulto consiste en mostrarle a cada estudiante que tiene más de una opción disponible y ayudarlo a elegir según el momento, en lugar de imponerle un solo estilo correcto. Ahí está el corazón de la resolución pacífica de conflictos: que nadie tenga que imponerse para que el otro pierda, ni ceder para que la relación sobreviva.
La mediación entre pares, paso a paso
De las estrategias de resolución de conflictos que existen, la mediación entre pares es la que mejor funciona dentro de un salón, porque no depende de que el adulto esté presente en el momento exacto del roce y porque le enseña a cada estudiante una herramienta que puede volver a usar solo.
El proceso tiene una secuencia que conviene respetar en orden:
- El adulto media, no falla. No decide quién tenía la razón. Su papel es sostener el espacio para que las dos partes hablen sin que nadie salga peor de lo que entró.
- Se acuerdan reglas antes de empezar. Hablar por turnos, no interrumpir, nada de insultos ni de burlarse de lo que el otro cuenta.
- Cada uno cuenta su versión sin que el otro corrija en el momento. Lo que importa aquí es que cada parte alcance a escuchar cómo lo vivió la otra, aunque las dos versiones nunca terminen de coincidir del todo.
- Se nombra lo que cada uno necesita, no solo lo que reclama. Casi siempre el reclamo («ella me dejó de hablar») esconde una necesidad distinta («yo quería que me preguntara qué pasó antes de juzgarme»).
- Buscan juntos una salida concreta. No la propone el adulto solo: se construye entre las dos partes, aunque el adulto guíe.
- El acuerdo se revisa días después. Un acuerdo que nadie vuelve a mirar tiende a diluirse en dos semanas.
Este último paso es el que más colegios se saltan, y es justo el que marca la diferencia entre un conflicto que de verdad se resolvió y uno que solo se enfrió por un tiempo.
El caso: qué pasó con Valentina y Sara
Volviendo al salón. La docente de matemáticas separó primero a Valentina y a Sara cada una por su lado, sin buscar culpables, solo para entender de dónde venía la pelea por los puestos. Después las juntó, puso las reglas sobre la mesa y dejó que cada una contara su versión completa antes de que la otra respondiera. Salió algo que ninguna de las dos había dicho en voz alta: Sara ocupaba ese puesto desde hacía tres años porque ahí se marea menos, y Valentina lo reclamaba porque su hermano menor, que va en el mismo bus, necesita sentarse cerca de ella. El pleito por el puesto llevaba semanas repitiéndose cada tarde, hasta que un cruce de mensajes entre las mamás de las dos, con insultos de por medio, hizo que el problema saltara del bus al chat de todo el curso.
Llegaron a un acuerdo pequeño: turnarse el puesto semana por semana, y que el hermano menor de Valentina se sentara junto a otro compañero de su salón mientras se resolvía lo del mareo de Sara. En el bus, el ambiente mejoró casi de inmediato: la pelea diaria por el puesto se acabó y las dos volvieron a saludarse al subir. Dos semanas después, sin embargo, los mensajes entre las mamás en el chat del curso seguían sin aclararse, y algunas familias todavía no se dirigían la palabra a la salida del colegio. La docente de matemáticas siguió pendiente, habló con las dos estudiantes por separado un par de veces más y avisó a la orientadora para que el seguimiento con las familias no dependiera solo de ella. El conflicto que estalló esa semana en el bus se cerró bien. Lo que había detrás, la tensión entre las familias, tardó más y seguía sin resolverse del todo.
Cuándo el conflicto escala al comité de convivencia
No todo conflicto se resuelve en el salón entre el docente y las dos partes. Cuando hay agresión física, cuando el mismo conflicto se repite pese a los acuerdos, o cuando involucra a varios estudiantes o a las familias, corresponde activar el comité de convivencia escolar, pensado para esos casos que superan lo que un docente puede resolver solo en el aula.
El comité no reemplaza la mediación de primer nivel: la recibe cuando esta ya no alcanza. Si tu colegio no tiene claro cuándo un caso sube de nivel ni quién responde en cada paso, ese es el vacío que cubre la ruta de atención integral, que define los momentos y los responsables para que la decisión no dependa del criterio de quien esté de turno ese día.
Cuándo el conflicto ya dejó de serlo: las señales del acoso
Hay una línea que conviene tener clara, porque cruzarla cambia por completo lo que el colegio debe hacer. Un conflicto entre pares es puntual y el poder entre las partes es parejo. Cuando lo que hay es repetición sostenida en el tiempo, una diferencia de poder marcada (física, social o la que da el número de personas que se suman) y una intención de hacer daño más que de defender una posición, ya no se está ante un conflicto: se está ante acoso escolar.
Las señales que un docente puede observar incluyen que uno de los dos evita sistemáticamente ciertos espacios o momentos del día, que el mismo estudiante aparece siempre como el que pierde en cada episodio, o que el grupo se organiza para excluir a alguien de forma constante, no ocasional. Frente a eso, la respuesta no es una mediación entre iguales, porque mediar entre alguien que agrede de forma sostenida y alguien que la sufre puede terminar revictimizando a quien ya está en desventaja. Corresponde activar el protocolo del comité de convivencia, con los roles que le corresponden a cada quien: el orientador identifica y acompaña, el comité clasifica el caso y define la ruta, el rector responde ante las familias y, si el caso lo exige, ante la autoridad competente. En bullying, acoso escolar y matoneo está desarrollada esta ruta completa, con las señales por rol y lo que debe y no debe hacer el colegio.
Recursos para trabajar esto en clase desde mañana
Si lo que necesitas hoy es material para una sesión de tutoría o de dirección de grupo, en el centro de recursos de prevención encuentras guías gratuitas pensadas para el aula. Y si el conflicto que estás viendo tiene de fondo una dificultad para decir las cosas sin herir o para poner un límite sin pelear, vale la pena mirar también el trabajo de la asertividad, que es la habilidad que sostiene todo lo anterior: sin ella, cualquier técnica de mediación se queda corta.
Cómo lo trabajamos en el Colectivo Aquí y Ahora
En el Colectivo Aquí y Ahora entendemos la resolución de conflictos como una habilidad que se entrena con el tiempo, no como un incendio que se apaga cada vez que aparece. SOMOS acompaña a los estudiantes año tras año, con sesiones que trabajan la comunicación asertiva y el manejo del conflicto por el diálogo como parte de un proceso continuo, no como una charla aislada después de que ya pasó algo.
Si tu colegio todavía no está listo para un acompañamiento de varios años, puedes empezar por algo más puntual: un taller de mediación entre pares dentro de las acciones preventivas del Colectivo Aquí y Ahora, pensado para formar a un grupo de estudiantes como mediadores dentro de su propio curso. Y si quieres conocer todo lo que ofrecemos antes de decidir por dónde empezar, el catálogo completo de programas preventivos tiene el detalle de cada uno.

