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Consumo de drogas en el trabajo

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El consumo en ambientes laborales y en la población adulta es quizás el menos visible pues se encubre el problema con diferentes argumentos como “es un adulto y sabe lo que hace”, “por motivos de trabajo o para cerrar un negocio es necesario una copa”, “mientras responda económicamente no es tan grave”, o “si trabajo toda la semana se vale el viernes y sábado de farra, me lo merezco”, “todo el mundo lo hace”, “si hasta tiene poderes medicinales”, o “rumba sin alcohol no es rumba” constituyen todas estas justificaciones que hacen más difícil la toma de conciencia de un problema ya sea con el alcohol o con las drogas en esta población.

Como se señala en el Informe Mundial sobre las Drogas 2019, en el mundo hay unos 35 millones de personas que padecen trastornos por consumo de drogas y necesitan tratamiento, cifra superior a la estimación anterior de 30,5 millones de personas, realizada en 2017; así mismo ha aumentado el número de personas que pierden la vida a causa de las drogas.

Factores asociados al consumo de sustancias psicoactivas

 

Diversos factores sociales, económicos, culturales, familiares e individuales han incidido en el consumo de sustancias psicoactivas, permitiendo ver que nos encontramos ante un fenómeno de gran complejidad que obliga a romper con la idea de una única causa, postura generalizada que tiende a culpar en muchos casos solo a la cultura, a la familia o al individuo. Acá te dejamos nuestra postura:

 

  • El aumento del consumo de sustancias psicoactivas dentro del marco de un modelo de diversión, característico de una sociedad consumista que busca el bien-estar por encima del bien-ser y que desde allí privilegia en su discurso la búsqueda del placer, el facilismo, la poca tolerancia al sufrimiento, a la adversidad, al fracaso y al aburrimiento.
  • La oferta de tecnologías de consumo que dan respuesta a necesidades personales con inmediatez, el clima de competitividad y el alto nivel de estrés, crean un terreno fecundo para la presencia de un vacío existencial que pretende llenarse con la búsqueda inmediata, exagerada y compulsiva de elementos que intenten llenar este vacío como por ejemplo compras, apuestas, promiscuidad, alcohol, drogas, excesos de comida o de trabajo, dando paso a toda una serie de conductas adictivas.
  • La normalización de supuestos como, “hay que experimentarlo todo y tenerlo todo”, “la vida hay que vivirla con intensidad”, “solo es divertido si hay alcohol, o drogas” “si hay riesgo mejor”,  “no importa el medio sino el fin”, “si no actúas de esta o aquella manera te veras como un tonto”,  siendo premisas que entre otras tantas conforman la visión de mundo con la que nos evaluamos o somos evaluados por otros, generándose con ello un contexto de vulnerabilidad para el consumo.
  • El notorio aumento de las redes de microtráfico en las ciudades, que han encontrado en la población escolar tanto un semillero de clientes potenciales para consumos prolongados, como de jóvenes dispuestos a vender drogas para obtener su propio consumo, dinero o poder.        “…Un amigo de un amigo nos llevó un día unas pastillitas rosaditas y nos dijo que esas nos iban a hacer sentir muy bien. Yo me llevé algunas para la casa y cuando estaba aburrida o molesta por algo me tomaba una; luego le pedí a mi amigo y él me dijo que si quería más podía venderlas en el colegio; de hecho, me fiaron unas cuantas pues me dijo que al venderlas podría pagarlas y me quedaría dinero. Luego fumé con ellos marihuana; todo estaba bajo control, pero un día alguien me sapio en el colegio y mis papas supieron…” “…sabíamos que algo estaba pasando con Camilo, se enojaba fácilmente, estaba muy irritable, descuidó su apariencia personal, de ser un buen estudiante había pasado a perder 7 materias …teníamos miedo de que tuviera consumo… fue terrible cuando a la edad de 14 años le encontré en su closet una cantidad casi de un millón de pesos… luego nos confesó que se había metido en el negocio de las drogas”.
  • La baja percepción del riesgo preocupa más cuando contemplamos que si bien las drogas en sí mismas producen efectos muy negativos en la vida de las personas, la adulteración que se hace de las sustancias psicoactivas con el fin de obtener mayores ganancias, producen graves daños físicos y mentales una vez que los adulterantes empleados están lejos de ser inocuos y que los consumidores frecuentemente desconocen la calidad de los productos que adquieren. Como lo señala el Reporte de drogas en Colombia (2015), de 310 muestras de éxtasis recolectadas en Bogotá y analizadas por cromatografía de gases, menos del 5% de los casos analizados daban cuenta de comprimidos de MDMA con purezas superiores a 80%. En contraste, una gran cantidad de muestras contenían cocaína además de una variedad de sustancias, entre las cuales se detectó escopolamina.

 

Llama también la atención que la percepción de riesgo de los adolescentes y jóvenes en relación con el comercio de drogas es muy baja e incluso pocos logran ver esta acción como una conducta delictiva, “en realidad lo veo como conseguir a mis amigos lo que necesitan”, “yo tengo unos contactos y llevándola al colegio me gano unos pesos”. Vale la pena destacar la influencia que han tenido las diferentes series que sobre narcotráfico se han trasmitido en la televisión colombiana, en donde capos mafiosos y asesinos a sueldo protagonizan las historias con un altísimo nivel de rating, inspirando en más de un joven la idea de que mediante el uso y venta de drogas se consigue respeto, prestigio y privilegios en un grupo, de manera que ser “el malo”, “el que tiene drogas y las vende o las comparte”, “el que está en actividades ilícitas” hoy en día, en los contextos escolares y en los conjuntos residenciales genera cierto poder que atrae a quienes lo necesitan porque sus logros son pobres, su autoestima baja y/o sus miedos e inseguridades muy grandes, de manera que portar esta imagen les presta la seguridad requerida para moverse en un entorno social; por otra parte, la discriminación, rechazo y matoneo que en muchos contextos reciben los “bien portados” conduce a que muchos jóvenes buscando la aprobación, usen la máscara de “capo”, de “malo”, hasta que como señalaba un chico en una sesión, dicha mascara la usó tanto que se extendió por todo su cuerpo y sin darse cuenta cómo ni cuándo, se adhirió a su piel, dejando de saber quién era en esencia él mismo.

“Cuando llevé la coca a esa fiesta y la ofrecí, me sentí como esos grandes capos de las series que había visto; yo no perdía capítulo del patrón del mal, el capo, las muñecas de la mafia, el cartel… quería ser exitoso, estar por encima de todo y de todos… eso fue lo que sentí cuando fumé cocaína y cuando la lleve al baño para que quien quisiera, oliera… en esa fiesta yo fui el rey…”

“en realidad uno ve que los que tratan mal a las chicas, los perros, los que se burlan de los profes… los que saben dónde conseguir de todo, son los más populares y a los que más les prestan atención; eso creo que sí influyó… detesto que me ignoren o que no se fijen en mí…”

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